miércoles, 22 de enero de 2014

Entrevista a Santiago Roncagliolo


A mediados del mes pasado pudimos conocer los resultados de la quinta edición peruana del premio de literatura infantil El Barco de Vapor, que tuvo como ganador a El gran escape, del reconocido escritor peruano Santiago Roncagliolo. El autor visitó Perú para la ceremonia de premiación, la promoción del libro ganador –que incluyó visitas a colegios y entrevistas–, y, por supuesto, para visitar a su familia.

Tu carrera como escritor inició con dos publicaciones para niños, aunque luego te dedicaste más a lectores un poco más grandes. ¿Cómo fue este proceso?

Bueno, estos no son los primeros libros que escribí, sino los primeros que publiqué. Los primeros libros que yo escribí batieron el récord mundial de rechazos editoriales, y, sin embargo, el primero que escribí para niños encontró editora y me fue muy bien. De hecho, sigue vendiéndose y sigue leyéndose. Luego, ya empecé a publicar para grandes, pero creo que lo que hago con los grandes es solo decorar un poco más lo mismo que hago para niños, que es buscar una historia con imaginación y sensibilidad. Los niños te recuerdan de qué se trata esto esencialmente, y me gusta volver a ellos periódicamente.

Hace más o menos 6 o 7 años que no publicabas algo para niños...

Bueno, esta vez también tengo niños, entonces estoy haciéndolo con ellos. Ellos son un poco coautores, porque íbamos inventando las historias y los personajes entre todos, pero no he puesto su nombre en la portada para llevarme todo el crédito.

¿Recuerdas algún título que te haya acompañado en tu niñez?

Lo que pasa es que yo empecé a leer muy niño ya libros para grandes. Mi papá me llevó a una librería a los 8 años y me dijo que ya estaba bien de leer tonterías de chicos y que ya tenía que leer una novela. Era bastante exagerado, porque yo tenía 8 años, pero fui a la librería y encontré un libro que tenía en la portada un tiburón persiguiendo a una calata, y dije: “Yo quiero ese”. Me interesaba el tiburón… A los 8 años las calatas no te atraen, pero esa fue la primera novela que leí. Fue Tiburón, de Peter Benchley. Soy el único escritor que sabe cómo se llama el autor de esta novela.

¿Cómo fue que te iniciaste como escritor?

Pensaba que era imposible escribir, porque cuando yo estaba en la universidad los referentes de los escritores latinoamericanos eran inalcanzables. Un candidato a presidente, un hombre que tenía una escuela de cine y cenaba con Fidel Castro, otro que veía a Bill Clinton... Además, eran libros enormes; tenían una dimensión creativa enorme.

Creo que todos pensábamos que había que ser un sobrehumano para poder escribir libros. Pero me di cuenta de que necesitaba hacer algo creativo. Fui músico algunos años y luego empecé a escribir, pero a escondidas, sin atreverme a contárselo a nadie. Luego gané un pequeño premio de cuentos. Eso fue muy estimulante; era la primera vez que ganaba algo, así que seguí escribiendo. Después me di cuenta de que en realidad no sabía hacer otra cosa. Mis trabajos siempre han tenido que ver con escribir: hice periodismo, hice televisión, discursos políticos, de todo… En esa época no pensaba que podía ser escritor profesional, pero seguía escribiendo literatura siempre por mi cuenta.

¿Esto empezó cuando entraste a la carrera?

"Es difícil de explicar, pero era hacia donde iba mi vocación: hacia el oficio de escribir."

No, creo que debo haber empezado cerca del final de la carrera, más o menos a los 22 años. Sí, peor, en la facultad de Literatura todos eran hipercríticos. Todos eran demasiado buenos lectores y, por lo tanto, nadie podía escribir. Eso era paralizante.

De hecho, la idea original era que yo hiciese una carrera como profesor, y en una de las decisiones más radicales de mi vida hasta ese momento, decidí dejar la carrera académica para ser guionista de telenovelas. Me acuerdo, porque además me habían ofrecido ser el coordinador de las prácticas y dije que no. Cuando me iba de la reunión, tenía náuseas, pensaba que podía estar arruinando mi vida y tirándolo todo a la basura. Pero a veces es bueno seguir tus instintos. Suena raro, es difícil de explicar, pero era hacia donde iba mi vocación: hacia el oficio de escribir; no tanto hacia el análisis de la teoría de  lo que se escribe. Fue una decisión acertada; a la distancia es una decisión acertada, pero en el momento uno nunca sabe.

¿Crees que este periodo como guionista te ayudó para tu trabajo futuro?

Sí, todos mis trabajos me ayudaron: los discursos políticos, el periodismo, los guiones. Yo hago libros con lo que otros autores tiran a la basura. Yo hago libros con cosas que vienen de la cultura popular, y de las cosas que otros escritores desprecian, pero que son las cosas te acercan a un público, a un público de lectores.

¿Cómo surgió la idea para El gran escape?

Bueno, más que surgir descubrí que ya estaba. Llevo a mi hijo todos los fines de semana al zoológico y una vez empezamos a jugar a adivinar qué hacían los animales cuando cerraban el zoológico, la vida secreta del zoológico. Jugábamos que el gorila, cuando cerraban las puertas del zoológico y se iba la gente, se ponía a bailar claqué, que el flamenco abría una agencia de detectives, que el león se quitaba la dentadura postiza y la ponía en un vaso de agua, y de repente me di cuenta de que tenía un pequeño universo para escribir. Un día mi hijo me dijo con esa lucidez que tienen los niños: “Papá, ¿y dónde están los papás de todos estos animales?”. Y yo le dije: “No están; ellos siempre han estado aquí, en el zoológico; no tienen papás”. Y me preguntó: "Y, si siempre han estado en el zoológico, ¿cómo saben que es un zoológico? ¿No será que creen que están en la selva de verdad?" Pensé que era un gran argumento. ¿Qué pasaría si creen que están en la selva y alguien descubre que no, que están en un zoológico?

El gran escape es una historia para niños, pero que plantea también temas sumamente importantes como la libertad. Lo que viven los animales es también lo que han vivido y viven muchas personas…

Eso me gusta con todos mis libros para niños. Creo que son libros para niños que también pueden leer los grandes. Yo soy padre, y la verdad es que odio cuando un libro o una película trata a los niños como estúpidos, y, por lo tanto, a mí también. Quiero darles a los padres lo mismo que yo quiero como padre: un libro que podamos disfrutar los dos, discutir los dos, y por lo tanto leer en familia.

Además de tu experiencia como escritor, también conoces de primera mano lo que piensan tus lectores más pequeños gracias a tus hijos…

"Creo que en mi vida y en mi carrera lo más importante ha sido tener creatividad."

Sí, son mi focus group. Así los amortizo también. Ellos cobran, cobran, no aportan al presupuesto familiar. También es una buena manera de estar juntos, de inventar, imaginar juntos. Trato de promover mucho su creatividad. Creo que en mi vida y en mi carrera lo más importante ha sido tener creatividad. Eso no te lo enseñan en ningún colegio ni en ninguna universidad, pero si la tienes, es una carrera. De hecho, eso ha sido mi carrera; el título universitario nadie me lo ha pedido nunca. Quiero motivar y estimular que mis hijos también tengan creatividad. También porque creo que tu vida es más feliz si puedes divertirte con nada, si puedes pensar que un cenicero es un plato enorme lleno de comida o que un muñeco está vivo o baila por las noches cuando tú te vas a dormir. Tu vida es más interesante que si no puedes hacerlo.

Imagino que cada público lector exige distintas cosas del escritor. ¿Cuáles son los retos que plantean el escribir para niños y el hacerlo para adultos?

La literatura infantil te obliga a hacer algo que el lector no pueda soltar. El público es despiadado, y si se aburre, te lo dice. Si dedicas una sola línea a un exceso retórico o a algo que no sea jugoso, se aburre, así que te obliga a estar muy atento a que la narración sea trepidante, que la acción se atractiva, que el humor sea divertido, a que los personajes sean visiblemente coloridos. Esto también te sirve mucho con los libros para grandes.


¿Cómo fue que decidiste presentar tu historia a El Barco de Vapor?

Llevo ya un año pensando que en Perú están pasando muchas cosas interesantes, que hay mucha gente excitada, con ganas de hacer cosas, libros, teatro… todo lo contrario a cuando yo me fui. Y, luego, a mí me trata muy bien Perú; la gente, en general, me tiene un aprecio que me sorprende. Normalmente los escritores somos mucho más invisibles.

Yo escribo mucho, siempre estoy produciendo; entonces, esta vez mi agencia y yo pensamos: ¿y por qué no esta vez salimos primero en Perú? ¿Por qué no lo hacemos al revés? ¿Por qué siempre tiene que salir primero en España? Vamos a hacer un experimento y vamos a mandarlo al Premio. Si lo ganamos, probaremos qué tal es salir primero en Perú. Mi agencia y yo pensamos eso y funcionó. De paso, también es una manera de estar un poco más en Perú; tengo ganas de estar más en Perú, de que mis hijos vean a sus abuelos, y también tengo ganas de aprovechar este momento bonito; no me lo quiero perder.

¿Qué significado tiene haber ganado este premio para ti?

Lo mejor de todo es compartir escenario con Jimena Lindo (risas); se lo voy a contar a mis nietos. He ido a colegios públicos a contar cuentos, he tenido contacto con un público con el que normalmente no tengo contacto, y los niños han representado los personajes del cuento. Estos son momentos que la literatura para adultos no te da. Esta entrega del público que hace dibujos, que actúa como tus personajes, es algo muy emocionante.

¿Crees que con este cambio de la cultura en el Perú del que hablas la literatura infantil también ha cambiado?

No lo sé. Todo es un poco más profesional ahora. En el caso de los libros infantiles creo que en general en el Perú y en otros sitios la literatura se vuelve mucho más políticamente correcta. Los cuentos para niños originalmente eran sangrientos y brutales. A Pulgarcito lo abandonan sus padres en el medio del bosque y luego él mata a un gigante, le roba, y lleva el dinero donde sus padres, que aceptan de nuevo al niño porque ya es “rentable”. Hansel y Gretel queman a una bruja en un caldero de agua hirviendo. Nosotros ya no podemos hacer esas cosas, pero sería tan divertido.

¿Tienes alguna recomendación de algún libro o autor que hayas leído últimamente?

Como yo hago novelas y leo novelas, y tengo una lectura muy técnica de las novelas –siempre estoy viendo cómo está hecha, cómo está construida- cada cierto tiempo llega un punto en que nada me sorprende, en que necesito cambiar, dejar de leer novelas una temporada y leer otra cosa para luego volver a enfrascar la mirada, y he estado leyendo mucha poesía y mucho ensayo.

He leído Una historia de la lectura, de Manguel, que es impresionante. Es una delicia, porque es la historia de cómo los seres humanos han ido leyendo, de cómo se ha relacionado la lectura con el poder, y con las personas y con los lectores. He leído ¿Qué es la locura?, de Darian Leader, un ensayo muy psicoanalítico, interesante, pero desconcertante. Los psicoanalistas interpretan las cosas como si fueran poemas. Sí, puede ser que sí, pero también puede ser que no. Son unas interpretaciones que no puedes contrastar, y eso es muy desconcertante. He leído Nuevas maneras de matar a tu madre, de Colm Toibin, que son ensayos sobre grandes escritores, tanto sobre su obra como sobre su vida privada; y ese sí ha sido muy jugoso. Y luego he estado leyendo poesía. Me pasé una temporada saltando entre Walt Whitman y Ginsberg, y era un contraste muy interesante, porque son dos poetas que encarnan el cambio en Estados Unidos a lo largo de un siglo: de ese país positivo, ciertamente inocente y en armonía con la naturaleza que es a mediados del XIX, al país lleno de edificios, drogas duras y bombas atómicas que describe Ginsberg. Ponerlo a uno en comparación con otro -a parte de ser un festín de poesía-, es una lección de historia.

¿Qué es lo mejor que te ha dado la carrera de Literatura?


"La creatividad es solamente un robo masivo; le robas a mucha gente; tanta que el resultado ya es inevitablemente original."

La universidad me enseñó a ser un buen lector, no me enseñó a ser escritor; no enseñaban a ser escritor, no creían que se podía enseñar a ser un escritor, pero sí te enseñaban a ser un lector con mucha más amplitud de mira, mucho más agudo, que puede poner un libro en su contexto histórico, que puede entender cómo está estructurado, que puede compararlo con otros autores, que puede entender lo que lee mucho mejor. Al final, todo escritor es un lector; no somos tan originales, en realidad. La creatividad es solamente un robo masivo; le robas a mucha gente; tanta que el resultado ya es inevitablemente original. Por eso todo escritor es un lector, es alguien que sabe qué toma de otros autores, qué toma de otras películas, también, y de otras fuentes. Aprender a ser un buen lector es una parte fundamental de mi profesión.

¿Qué crees que debería tener una buena historia para niños?

Imaginación, sensibilidad, un mundo que sea mejor y más intenso que el mundo real, pero que a la vez lo reconozcas por sus emociones y sentimientos. Una buena historia te saca de la realidad –eso dice Richard Ford–; una buena historia te saca de la realidad, pero luego te devuelve a ella mejor equipado para vivirla, con un conocimiento un poquito más amplio, una sensibilidad un poquito más desarrollada, una mirada un poquito más abierta que la que tenías antes.

¿Tienes algún proyecto en mente o que ya estés desarrollando?

Tengo una novela ya terminada. Estamos ahora en negociaciones; a ver cuándo sale. Es un thriller y yo creo que saldrá el próximo año [refiriéndose al 2014] en cualquier caso, pero todavía no hemos decidido cuándo.

Ninguna llave

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