miércoles, 31 de diciembre de 2014

Entrevista a Daniel Krauze


El escritor mexicano Daniel Krauze, autor de Cuervos (2007) y Fiebre (2010), visitó Lima durante la 34a edición de la Feria Ricardo Palma (2013) para presentar su primera novela –Fallas de origen–, con la que ganó el Premio Letras Nuevas de Novela 2012.

Quería iniciar pidiéndote que nos contaras un poco sobre tus inicios como lector. ¿Recuerdas desde cuándo empezaste a leer? ¿Cuáles fueron tus primeros libros? ¿Quién fue la persona que te introdujo en la literatura?

Justo hace poco me estaba acordando que el primer libro que leí fue una versión ilustrada que me daba mucho miedo, sobre Drácula. La debo haber leído como a los 7 u 8 años (bueno, tiene dibujos y como 50 páginas) y me tomó como 6 noches. Eso fue lo primero que recuerdo haber leído, y de hecho me acordé hace poco. La verdad es que yo no era tan lector. Lo más común es que un escritor te diga: “Yo leía como loco. A los 11 años leía, no sé, a Faulkner”. No era mi caso. Yo leía lo que me dejaban en la escuela. A mí me gustaba mucho el cine, e incluso tengo recuerdos de que a pesar de que en mi casa se leía constantemente –porque mi papá, mi mamá y mi hermano escriben–, a mí me gustaba el cine. La literatura era algo que veía todo el tiempo como decoración en los estantes de mi casa, pero no era algo que consumía.

Y por ahí, de los 15 o 16, empecé a leer otras cosas en la prepa, que me dejaban leer a Carlos Fuentes, a Rulfo, a Ibargüengoitia, a Dostoievsky y a Tolstói. No te puedo decir que disfruté todo esto a los 16, pero allí se me empezó a crear un poquito el hábito y allí fue donde empecé a descubrir la literatura en inglés y el primer libro que me llamó realmente la atención y que yo dije “Qué maravilloso; yo no sabía que los libros podían hacer esto” fue Alta fidelidad, de Nick Hornby, que es un autor inglés –y también es una muy buena película, por cierto. Me acuerdo haber leído esa novela y dije: “Yo no sabía que se podía escribir algo que tuviera este nivel como de desparpajo". Yo pensaba que los libros tenían que ser algo como serio y pesado, ¿no? Este es un libro que te hacía reflexionar, te reías y tenía una narrativa simpática; el idioma era muy accesible, además, y yo no sabía que se podía hacer esto, y allí me empezó a interesar un poco más.

¿Cómo fue que diste el paso a escribir?

Fue en dos pasos: el primero, yo después de los 16 empecé a escribir poesía –horrible, cursi, espantosa–, y luego se la daba, como el clásico caso horroroso de que se la daba a las chicas que quería que anduvieran conmigo. Yo no sé por qué a ellas les gustaba, o quizás me mentían, se apiadaban de mí y me decían que les gustaba, pero probablemente en el fondo detestaban todo lo que les estaba dando. Pero las reacciones alentadoras de un par de compañeras o compañeros me hicieron pensar que igual y podía escribir. Entonces, primero empecé a escribir poesía y no se la enseñaba a mi familia. Y qué bueno que no, porque de verdad eran malísimos. Luego, a los 18 años, empecé a escribir una novela completamente autobiográfica, narrando mi vida. La acabé de escribir y a los 19, 20 años se la di a leer a mi papá, sin decirle que era autobiográfica, por supuesto, y mi papá se la dio a leer a un par de escritores mexicanos. La respuesta del 75% de ellos fue que la novela era muy cursi, muy mala, y uno de ellos pensó que la novela era muy cursi, muy mala, pero que quizás el escritor joven tenía algo. Y entonces este escritor, que es un novelista mexicano que se llama Daniel Sada me invita a su taller de novela, y allí empecé a escribir más. Acabando ese taller escribí –a los 21, 22 años– mi primer libro, que se llama Cuervos, y tristemente no está publicado en Perú.

¿Qué te inspiró a escribir Fallas de origen? ¿La tenías avanzada o la empezaste a escribir para el premio?

Yo empecé a escribir la novela sin saber que existía el premio. Esto fue a principios del 2011, hace casi 3 años. Nace como de varias cosas. Los libros son como árboles que germinan no de una sola semilla. Nace primero del hecho de que yo había regresado también –como Matías– de vivir fuera de México, y la experiencia de regresar había sido muy difícil; me costaba trabajo volver a encariñarme con México y sentía que me recibía con los brazos cruzados. Eso por una parte. Luego, tenía yo la inquietud de contar una historia de un personaje que tuviera una identidad como dividida, como es el caso de Matías, que está dividido un poco entre su padre biológico y su padre adoptivo, y a dónde pertenece. Yo había escrito varias historias que tenían esas características, ese tema: personajes que están divididos entre un país y otro. Para mi maestría había escrito la historia de un niño mexicano adoptado por japoneses… Era lo que traía en la cabeza. Surge un poco de ahí, de esas dos semillas.

Además, el regreso de Matías a México no solo es difícil, sino que ya no se siente parte de lo que había tenido, que es la misma razón por la que salió de su país. Muy pesimista… es como que fuera en contra de sí mismo…

"Lo impresionante del cambio es que las cosas no cambian."

Me interesaba mucho crear un personaje que tuviera esa ambigüedad, que fuera parte de lo que criticara, que no fuera ni bueno ni malo. Vas a decir qué rara referencia, pero bueno. Forrest Gump es una novela; no es una buena película, pero sí es una película muy comercial de Hollywood de 1994, y en ella el personaje principal, después de que lo abandona la mujer de la cual él estaba enamorado, está sentado en su casa, dolido, y se levanta –él vive en Alabama- y se echa a correr por todo Estados Unidos por cuatro años. Cuando regresa a su casa, lo está esperando el mismo problema. Corrió de un lado al otro, del Atlántico al Pacífico, y llega a su casa y los problemas de los cuales había huido por cuatro años lo están esperando. Yo creo que esa es una realidad insoslayable de la vida, es decir, no podemos huir de nosotros mismos; podemos escapar momentáneamente de nuestras circunstancias, pero escapar en sí es casi imposible. A mí me parece que esto es mucho lo que le pasa a Matías. Yo creo que él se va a Nueva York pensando que se va a reencontrar con sus raíces, en que va a entablar una relación con su padre biológico, en que va a ser feliz, en que se va a alejar del mundo decadente en el que estaba inmerso en México, y se da cuenta que su vida es igual o peor que su vida en México, y cuando regresa a México todo de lo cual salió huyendo lo está esperando allí en la aduana. Lo impresionante del cambio es que las cosas no cambian.


Además, cuando llega parece que tratara de quedarse solo porque empieza a hacer cosas que alejan a la gente que lo rodea. Hacia el final de la novela –en la sección Domingo- sí se nota un cambio muy marcado con respecto a lo que hemos visto hasta ese momento, incluso en el lenguaje...

Sí, yo francamente estaba esperando con muchas ansias ese remanso que yo sabía que iba a significar el domingo. Lo que quería que la novela fuera era que de alguna manera después de prenderle fuego a todo lo de su vida que no vale la pena –que son sus amigos, que son odiosos; su familia, que es frívola- el domingo fuera el día donde entre los escombros, entre las cenizas, recobrara las dos cosas de su identidad que son nobles y valen la pena, que es el recuerdo de esta chica que lo quiso y el recuerdo del padre, que son los dos personajes luminosos de la novela. Yo quería que eso fuera lo que se quedara en el domingo. Y, por lo tanto, precisamente por este reencuentro con los dos personajes luminosos, quería que la prosa y todo dieran esa sensación de que te revuelca una ola y después te sales y se escucha la marea; esa sensación de tranquilidad.

¿Cómo describirías a Matías en pocas palabras?

Creo que es un tipo exasperante, autodestructivo, pero entrañable. A mí siempre toda la novela él me dio mucha pena, igual y porque sabía dónde iba a acabar, ¿no? Me imagino que el lector, que no sabe en qué va a acabar, lo empieza a leer y dice "qué horror"; pero yo, que sabía dónde iba a acabar el personaje, que sabía toda su historia, tenía mucha pena. Me daba ganas de que fuera una persona de verdad, y poder abrazarlo y decirle “Todo va a estar bien”.

Algo que me pareció muy interesante es que siempre que se refería a su padre mostraba que no llegaba a entender por qué actuaba como actuaba, pero luego se da cuenta de que la persona con la que llevaba una relación más estrecha era con él…

Claro; yo creo además que el padre simboliza muchas cosas. Eso lo veo en mi relación con mi papá, por ejemplo. Todo el que tiene un padre así tiene mucha suerte. Mi papá –como el papá de Matías– es símbolo de un México más profundo, de un México que no es frívolo. Yo creo que el papá de Matías simboliza eso también, y es el México que se va junto con el padre. Cuando el padre muere, ese México también se esfuma, y es el México con el que yo creo pensar que él se reencuentra después de regresar de la montaña.

¿Hay algún rasgo tuyo o de alguien que tú conozcas en él?

Muchísimos, muchísimos. Todos los personajes, las cosas que yo he escrito al menos, son una especie de monstruos, de Frankestein, de muchas anécdotas y personas que conozco y que me he topado en la vida. Todos los personajes están compuestos por partes de muchas personas que conozco y de mí mismo.

¿Tienes algún proyecto en mente?

No, estoy queriendo hacer cosas para cine ahora. Siento que los escritores, no sé cómo sea en Sudamérica y en Perú en particular, pero en México publican muchísimo. Todos los años sacan libros. Yo la verdad es que no tengo prisa. Creo que puedo publicar mi siguiente novela a los 36 y quiero más bien que sea una historia distinta a Fallas y una historia que valga la pena escribirse, y me lo estoy tomando con calma.

¿Cuáles son algunos de tus autores favoritos? ¿Cuáles son los libros que más disfrutas leyendo?

Son muchos. Este año los dos libros que más me llamaron la atención fueron una novela de un colombiano –Juan Gabriel Vásquez–, que se llama El ruido de las cosas al caer. Me parece que ha sido asombrosa. Luego leí una historia de no ficción de un periodista británico que vive en Japón acerca de cómo es la trata de blancas en Tokio, que se llama People who eat darkness, que es un librazo y se lee de un tirón. He estado leyendo los cuentos de James Salter, que me parece un cuentista estadounidense magnífico –tiene esta cosa de que con una prosa muy sencilla crea cuentos realmente muy hermosos; siempre al final tiene algo como un giro de tuerca. Hay muchos escritores que admiro.

Me gusta mucho una estadounidense hindú que se llama Jhumpa Lahiri, que acaba de sacar una novela que no he leído, pero tiene una colección de cuentos que ganó el Pulitzer en el 2000 y es extraordinaria; no hay un solo cuento que no sea maravilloso. Me gusta mucho Kazuo Ishiguro, que es un novelista japonés-británico. De quienes escriben en español me gusta mucho Juan Rulfo, por supuesto; este año leí por primera vez a Zambra, de quien leí Bonsái, y me parece que lo que está haciendo es muy peculiar; no conozco otro escritor del español que esté haciendo lo que él hace.

Ninguna llave

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